viernes, 14 de diciembre de 2007

Radiografía


El otro día alguien me regaló esta postal.


Y me la regaló porque, al verla, le recordó a mí.

Y se encargó de hacerla llegar a mis manos.


Me halaga. Me enorgullece. Me reconforta. Me impulsa.

Hay regalos que no tienen precio.


Gracias.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Eslogans del tercer milenio

“Autonomía, individualismo, independencia, libertad sin trabas … Son los slogans que deleitan a la humanidad del tercer milenio. Se presentan como conquistas que asegurarán a quien los posean la felicidad y la dicha. Espoleado por estos acicates el hombre ha creado una sociedad de multitudes pero en la que, curiosamente, se siente solo. Al final, es la soledad el botín real que se ha conquistado después de romper lazos, de elegir antes mi interés que el ajeno, de ser yo mi propia norma. Cuando el “yo” se agiganta, el corazón se vacía de “otros”, y si no hay otros, por rodeado que esté de gente, el ser humano estará solo.”

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Y yo, que tantas veces he defendido la autonomía, el individualismo, la independencia y la libertad... Asiento con la cabeza a este párrafo (que he extraído de un artículo algo más extenso).

Y reculo un poco, y bajo la voz al apoyar estos cuatro conceptos.

Porque proclamarlos sin matices es igual que acatar sus antónimos sin reproches.

Y porque autonomía sin saber aceptar ayuda, individualismo sin capacidad de equipo, independencia sin saber compartir y libertad sin respeto... No es un avance. Es egoísmo.
Y la soledad buscada fortalece, pero la impuesta (y buscada sin voluntad pero a base de actos), ahueca por dentro.

jueves, 29 de noviembre de 2007

"TIERRA, la película de nuestro planeta"


Una alternativa a la sobremesa del sábado, a cualquier otra película del (a veces) habitual cine del domingo, incluso a las copas del viernes... O un ingrediente perfecto para aliñar la rutina (o no...) de cualquier día entre semana.
En definitiva, muy recomendable.
Concienciación sutil, imágenes espectaculares, chute vital de naturaleza, sonrisas continuas, incluso risas!
Desconexión garantizada de "nuestro mundo" y conexión (garantizada también) con "el mundo"...
Cinco años de trabajo, doscientas localizaciones en 26 países, cuarenta millones de euros...
Y un viaje que nos hace recordar de dónde venimos, y nos hace pensar hacia dónde vamos...


miércoles, 28 de noviembre de 2007

La antesala de la desidia

Esperaba. Esperaba. Esperaba.
"Cuando menos lo esperes", le decían.
Seguía esperando.
"Recuerda, cuando menos lo esperes"

Dejó de esperar.

Y llegó.
Pero ya sin esperanza, lo dejó escapar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Mi indignación de hoy...

1. No se ven ya casi niños jugando en los parques ni en las calles, ni siquiera yendo al colegio solos... Los padres tienen miedo de que los rapten.

2. Hay empresas que se dedican a encubrir infidelidades, creando reuniones, o viajes ficticios, para que el cónyuge que sospecha nunca descubra al que engaña. Y literalmente han dicho: "Más vale una buena mentira que una mala separación".


Al escuchar estas dos noticias... He sentido asco, indignación, repugnancia, rabia, cierta agresividad incluso...

Hay días que prefiero a los animales... Sin duda!!

sábado, 17 de noviembre de 2007

Desahogo momentaneo sobre formas que me molestan

El otro día había quedado con un amigo para desayunar. A las once.
Quince minutos después de esa hora, tras una ausencia –de presencia y de información-, decido (sentada en el sofá, vestida para salir a la calle y con el bolso colgando del brazo), mandarle un mensaje al móvil para que me confirme si el desayuno sigue en pie. No hay respuesta. Pero el informe de entrega me confirma que lo ha recibido.
Una hora después, sentada en el sofá todavía, vestida para salir a la calle, pero ya sin el bolso colgando del brazo, sin presencia ni información todavía, decido llamarle.
El teléfono está apagado o fuera de cobertura.
Y a las doce y media... Qué hago??? Me desvisto, me pongo el traje de baño y me voy a nadar, que siempre hay una alternativa... Pero no era mi plan!!.
A las cuatro y media de la tarde, recibo un mensaje: “Hoy no ha podido ser. Siento no haberte avisado”. Tal cual. Sí señor, con un par. Y pienso que yo sería incapaz!!!
Han pasado nueve días, y sigo sin presencia, y sin más información...

Esta tarde, sin ir más lejos, había quedado con una amiga. “Más tarde te llamo y te confirmo la hora, pero nos vemos seguro”, me dice. Bien.
Después de ver una película por la tele, con todos sus intermedios y el tiempo que eso conlleva, seguía sin noticias, así que decido salir con mi madre a dar un paseo. Un paseo larguito, con visitas a tiendas incluidas y el tiempo que eso conlleva también.
Al llegar al portal de mi casa, miro el móvil. Ninguna llamada ni mensaje recibido, en la pantalla tan sólo aparece la hora, las nueve menos diez.
Ahora, las nueve y cuarto de la noche, que la tarde ya ha pasado, sigo (seguía, hasta este justo instante, que por arte de magia, casualidades que a veces me “asustan” un poco, ha sonado mi “Chavo del Ocho”), pues seguía sin recibir una llamada.
De todas formas, cambio de plan. “He quedado con esta y con el otro y con otro más, para ir a tomar unas tapas, te apuntas???”.
Pues no sé... Igual no. Igual estoy un poco cansada de esperar, y de asombrarme en silencio, y de tener que apuntarme a planes ajenos, y de no poder elegirlos yo...
Igual estoy cansada de que no se respeten ni los días, ni las horas, ni a las personas. Igual estoy un poco cansada de que no se tenga en cuenta a los demás.

Estos son tan sólo dos ejemplos. Dos ejemplos de algo demasiado habitual, de lo que es una parte de mi entorno. Una parte a la que quiero, pero que a veces me desquicia. Y me hace sentir... ¿Poco importante? No sé...
Sí sé! Pues claro que sé!!!.

Sé que estoy harta de que algunas personas jueguen con el tiempo ajeno, como si fuera menos valioso que el suyo. Que estoy harta de dejar de hacer algo porque confío en que ya he quedado, y después encontrarme sola. Que estoy harta de citarme a una hora y que la cita se acabe retrasando hasta dos horas más tarde. Que estoy harta de que, a veces, incluso se deshaga el plan, y que de rebote, mi mañana, mi tarde, o mi noche queden reducidas a nada. O a otra cosa, por obligación.
Por supuesto que lo sé!! Estoy harta. Y enfadada. Aunque siga apreciando a esa panda de egoístas sin noción del tiempo y con carencia de compromiso. Aunque luego, al verles, se me pase la rabieta en treinta segundos.

Y sí. Esa es una parte de mi entorno. Impresentable por naturaleza. Y centrados en SU vida, en SUS historias, en SUS intereses, en SU mundo.
Y digo yo, que hay más pronombres personales a parte de la primera persona del singular!!!
Menos mal que hay contrapeso, y que la otra parte de mi entorno equilibra la balanza, y suaviza, y alienta, y se implica, y me hace seguir teniendo Fe en que aún queda gente con palabra. Menos mal que hay quienes se siguen adelantando a mi llamada cuando saben, porque me conocen, que necesito hablar. Menos mal que sigue habiendo gente que me demuestra que soy la primera opción. Y que me pregunta qué me apetece, cuándo me va bien, incluso me dedican un “tengo ganas de verte”, o un “cuando quieras”.Menos mal que hay quien conserva el don de la puntualidad, y sino, al menos, el de la decencia de avisar a tiempo.

Y menos mal que sé, que en el fondo, les importo a todos... Aunque a algunos les domine el ego. Aunque se olviden de lo ajeno.
Y es que ya sé que cada uno tiene su camino, pero a veces me pregunto si no hay quien se pasa de individualismo...

viernes, 16 de noviembre de 2007

Mis abuelos

Recupero una historia que escribí hará algo menos de dos años, cuando mi abuela Marcelina todavía vivía.

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Entró en la sala y la vio al fondo, con el pelo blanco, sentada en la silla de ruedas. Hacía ya seis meses desde la última visita. Aitana se paró antes de acercarse, para contemplarla desde lejos, y dijo un lo siento en voz baja, ese que se sabía incapaz de pronunciar de frente.
Respiró hondo y se dirigió hacia ella, disfrazando su culpabilidad con una sonrisa.
Su abuela la reconoció y le devolvió la mueca.
“Es que tengo mucho trabajo”- se excusó Aitana, justificando su comportamiento ante los ojos de quien no podía ya juzgarla. “Mira abuela, te he traído caramelos. De los que te gustan”.
Marcelina los cogió con ambas manos e hizo el intento, tras mirar a ambos lados, de guardarlos bajo la manta que cubría su falda, pero le faltaron fuerzas.
“Te los dejo en el bolsillo de la bata”- Interrumpió Aitana, mientras le ayudaba a esconder lo único de lo que era dueña.
Era la hora de comer, así que se sentó en la mesa con ella y otras tres mujeres, compañeras de residencia, para hacerle compañía.
Sus blancas y tersas manos ya no podían apenas agarrar el tenedor, y a cada bocado le bailaba la dentadura, dificultando la alimentación, que lejos de ser el placer de antaño, había pasado a ser una obligación.
Aitana le cortó la carne, y le llenó el vaso de agua varias veces, mostrando un cariño que únicamente se atrevía a darle al ser consciente de su inconsciencia.
Se acordó cuando de niña no quería quedarse con ella. “Con esta abuela no, que es muy aburrida, siempre cuenta lo mismo. Y además es triste.”
Contaba su vida. Sus viajes desde el pueblo a Zaragoza, apenas a 20 kilómetros. El amor de un solo hombre. La muerte de un hermano en la guerra, y después la de un hijo en sus brazos. El trabajo en el campo. Los pocos días de escuela y cómo aprendió a coser. La ilusión de poder comprar un helado en verano y el lujo de un membrillo en invierno. Los paseos en la burra Kika, y lo malas que eran algunas vecinas. Y la muerte de un marido.
Ahora, todo aquello que de niña le pareció insulso, cobraba la importancia de lo casi perdido. Ahora, que a sus veintisiete años le empezaba también a fascinar lo cotidiano y no sólo las grandes aventuras. Ahora que entendía que la abuela sólo quería contarle sus pequeñas historias. Ahora que ya no podía contarlas.
En su nuevo mundo, donde las luces de Navidad eran cebollas colgadas de una cuerda, donde los peatones de una calle comercial eran soldados que venían a buscarla, donde su hermano muerto y su hijo vivo se confundían creando una identidad ambigua, ya no había lugar para preguntas. La oportunidad de saber había pasado.
En ese mundo, donde la vestían con una camisa verde - ella que sólo había usado el negro- , en el que podía estar en varios sitios a la vez, en el que los recuerdos, los sueños y la fantasía creaban su propia realidad, se la veía serena.
Aitana miró a su alrededor y se vio envuelta de apacible tristeza. Todos los internos parecían comprender el ciclo de la vida y esperar pacientemente que se cerrara su círculo. Ninguno hablaba. Ninguno reía. Ninguno lloraba. Y en los ojos de cada uno podía contemplarse la resignación ante el paso del tiempo, y el pretendido retorno hacia lo que un día fueron, sabiendo que no había huída para lo venidero.
De pronto, Marcelina la cogió por el brazo: “ Nunca te quedes con nada por decir, ni por hacer”.
Y a su nieta se le escapó una lágrima, al ver que aquella mujer había sido capaz de conquistar de nuevo a la lucidez, aunque sólo fueran los instantes precisos para darle el mejor consejo. Después, continuó con relatos incomprensibles para otras mentes que no fueran la suya, y Aitana se marchó tras despedirse con un beso.
Antes de cerrar la puerta se volvió para mirarla de nuevo. Sabía que no volvería a verla en algún tiempo. Y sabía que su abuela la perdonaba.


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El por qué no fui más a menudo a verla, ahora ya no importa. Lo importante es que lo sé, que también lo sabía entonces, y no lo hice.
Supongo que fue por egoísmo. Porque era más cómodo no pensar en que faltaba poco para su ausencia definitiva. Porque era más sencillo vivir sin enfrentarme a verla en ese estado “premortuorio”. Supongo, también, que porque era muy fácil excusarme en el “si ya no se entera”.
Podría decir que me arrepiento. Pero no. No voy a decirlo porque no lo siento.
No puedo arrepentirme de algo que hice –o dejé de hacer- con pleno conocimiento.
Pero eso sí, no pude hacerlo peor. Me equivoqué. Y no volvería a repetirlo.

Afortunadamente, aún me quedan dos abuelos. Los que más he tratado, y a los que más he querido –y quiero-, a pesar de no habérselo dicho nunca.

Gori, mi abuelo, la envidia para cualquiera de su edad. Sin apenas una arruga. Con una salud de hierro (a excepción de esa obturación demasiado elevada de no sé qué arteria, origen de su único susto). Reservado en expresar sentimientos, pero al mismo tiempo sensible. Y algo cabezón. Con su humor típico extremeño. Con su mentalidad avanzada en comparación con otros de su generación, barriendo y limpiando el piso. Con unos tejanos, una camisa y un jersey, y riéndose de mí en invierno porque tengo frío llevando tres capas de ropa más que él. Y riéndose también de mí cuando en el pueblo, en el mes de agosto y en Cáceres, le digo a las tres de la tarde que en su casa hace frío. Recordándome la suerte que tengo de trabajar de ocho a tres, y de no trabajar los fines de semana. Dándome ejemplo, siempre al lado de mi abuela, inseparable. Explicándome lo fácil que es dejar de fumar, y aconsejándome que ahorre poco a poco para dentro de unos años.

Servi, mi abuela, físicamente un clon de casi todas las abuelas de Aldeanueva. Entrada en carnes, bajita, con el pelo corto y ondulado. Pero eso sí, con una alegría que la diferencia, y con una manera de contar las cosas que consigue hacerte reír a carcajadas. Ya un poco sorda, y con la tensión alta, y con artrosis, y mal, a veces, “de los nervios”, como dice ella.
Siempre me enseña la ropa que ha comprado para que le de el visto bueno al conjunto, y siempre me pregunta si estoy bien. Me intuye muchas veces aunque no le cuente, y a todo el mundo le saca la parte positiva. Prepara la mejor cazuela, la mejor caldereta, y a menudo, cuando como en su casa, me prepara un par de trozos de panceta “bien fritita, que así no engorda”. En continuo régimen, pero eso sí, hinchándose de fruta. Y servicial hasta decir basta, pero servicial con agrado, por gusto, por devoción.
A veces me pregunta si me acuerdo de ellos, porque nunca les llamo. Y yo le contesto con un “pues claro que me acuerdo”, que no sé si suena tan rotundo como en verdad lo siento. Y es que mi madre, eso sí, me informa a diario sobre ellos.

Pero soy incapaz de demostrar más lo mucho que me importan. Quizás porque en veintinueve años se ha creado un hábito, y me cuesta cambiarlo. Supongo que porque cuanto menos demuestras más difícil es luego reeducar ese comportamiento.

Pero sí. Lo intento. Ser más cariñosa. Ir a verles a menudo (menos de lo que debería viviendo tan cerca), pero mucho más de lo que hice en épocas anteriores. Y allí están, felices, sin apenas necesidades, con su sana costumbre de salir a pasear cada día, sin quejarse nunca, y aceptando de buen grado todo lo que les tocó vivir, que no fue fácil. Ahí están, para mi fortuna, y para recordarme, tan sólo con mirarles, que aceptar lo que no puedes cambiar no es síntoma de conformismo, sino de inteligencia y supervivencia. Para avergonzarme de algunos de mis lamentos, para encandilarme con su sencillez, y para hacerme sentir orgullosa de mis orígenes. Aunque no se lo diga...