Hoy no podría escribir sobre cualquier cosa. Y sobre lo que podría escribir, no quiero hacerlo.
Así que prefiero retarme a permanecer muda. Y es que:
Manejar el silencio es más dificil que manejar la palabra (Georges Benjamin Clemenceau).
Y sí, quizás escriba, pero sólo para mí, que es lo mismo que pensar y no contar, y por tanto, lo mismo que quedarme en silencio.
Y como "si nunca se habla de una cosa es como si no hubiese sucedido" (Oscar Wilde), intentaré que parezca que no pasa nada...
jueves, 15 de noviembre de 2007
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Sobre la conversación y la comunicación
Uno de los privilegios de los que disfruto habitualmente es de la posibilidad de conversar. Simplemente hablar, de todo, de nada, de cosas concretas o de temas que se escapan a lo tangible, de mí, de otros, del presente, del pasado, del futuro, de asuntos banales y aspectos trascendentales, de éxitos, de fracasos, de virtudes y defectos, de problemas y de soluciones, de sensaciones, de pensamientos, de dudas, de esperanzas, de amor y desamor, de ilusiones, de cambios, de la rutina diaria, de este mundo y de otros...
Simplemente conversar, sin un fin, sin un objetivo, sin más regla que el respeto, sin pretensiones ni expectativas.
Conversar, con personas que piensan antes de actuar, y con otras que lo hacen después. Con personas que no piensan (o no quieren pensar), con personas que piensan demasiado, con personas que saben de lo que hablan y con otras que no tienen ni idea. Con personas que saben expresarse y con personas que no poseen el don de la palabra. Con personas cultas, incultas, de mi generación, de algunas anteriores, de mi mismo punto de vista y de opinión contraria. Con personas que me dan la razón y con otras que me la quitan, lentamente o de un plumazo.
De algunas aprendo, otras me distraen. Algunas me hacen reír y otras me desahogan. Algunas son necesarias y otras prescindibles. Pero todas me enriquecen.
Y es que, para mí, la conversación es uno de los pequeños placeres de la vida. Y digo pequeño porque así se llama a las cosas cotidianas de las que podemos (o sabemos) disfrutar. A los placeres relativamente accesibles. Y que en realidad, suelen ser los placeres más grandes, y los más duraderos en el tiempo, precisamente por su cotidianidad.
Para ser sincera, no me hace falta mucho más que esos pequeños placeres para sentirme bien. Y digo bien, no feliz, que ese es otro tema...
Pero es curioso. Se asocia, en la mayoría de los casos, necesariamente, a la conversación con la comunicación. A veces incluso hay quien las confunde. Un grave error.
Mientras en la conversación tan sólo hacen falta palabras, la comunicación implica muchísimas connotaciones adicionales.
En ambas confluyen mensaje, relación, intercambio. Y por lo tanto, entiendo la conversación como una posible forma de comunicarse, pero no forzosamente lo es.
La comunicación conlleva conexión, comprensión, entendimiento, percepción, interpretación.
Y desde luego, ese efecto no se consigue en todas las charlas. Y en cambio, puede hallarse sin hablar.
Comunicación es, para mí, la base. Bien sea dialogando, en silencio, haciendo el amor, con una mirada, con un gesto, con una caricia, con un juego, con un beso, o en posición estática.
La comunicación es multiforme, es recíproca, no tiene pautas. Y además de un placer, la entiendo como una necesidad. Y como tal, sí es una de las cosas que, al conseguirla, al vivirla, puede hacerme sentir feliz...
Simplemente conversar, sin un fin, sin un objetivo, sin más regla que el respeto, sin pretensiones ni expectativas.
Conversar, con personas que piensan antes de actuar, y con otras que lo hacen después. Con personas que no piensan (o no quieren pensar), con personas que piensan demasiado, con personas que saben de lo que hablan y con otras que no tienen ni idea. Con personas que saben expresarse y con personas que no poseen el don de la palabra. Con personas cultas, incultas, de mi generación, de algunas anteriores, de mi mismo punto de vista y de opinión contraria. Con personas que me dan la razón y con otras que me la quitan, lentamente o de un plumazo.
De algunas aprendo, otras me distraen. Algunas me hacen reír y otras me desahogan. Algunas son necesarias y otras prescindibles. Pero todas me enriquecen.
Y es que, para mí, la conversación es uno de los pequeños placeres de la vida. Y digo pequeño porque así se llama a las cosas cotidianas de las que podemos (o sabemos) disfrutar. A los placeres relativamente accesibles. Y que en realidad, suelen ser los placeres más grandes, y los más duraderos en el tiempo, precisamente por su cotidianidad.
Para ser sincera, no me hace falta mucho más que esos pequeños placeres para sentirme bien. Y digo bien, no feliz, que ese es otro tema...
Pero es curioso. Se asocia, en la mayoría de los casos, necesariamente, a la conversación con la comunicación. A veces incluso hay quien las confunde. Un grave error.
Mientras en la conversación tan sólo hacen falta palabras, la comunicación implica muchísimas connotaciones adicionales.
En ambas confluyen mensaje, relación, intercambio. Y por lo tanto, entiendo la conversación como una posible forma de comunicarse, pero no forzosamente lo es.
La comunicación conlleva conexión, comprensión, entendimiento, percepción, interpretación.
Y desde luego, ese efecto no se consigue en todas las charlas. Y en cambio, puede hallarse sin hablar.
Comunicación es, para mí, la base. Bien sea dialogando, en silencio, haciendo el amor, con una mirada, con un gesto, con una caricia, con un juego, con un beso, o en posición estática.
La comunicación es multiforme, es recíproca, no tiene pautas. Y además de un placer, la entiendo como una necesidad. Y como tal, sí es una de las cosas que, al conseguirla, al vivirla, puede hacerme sentir feliz...
martes, 13 de noviembre de 2007
A veces, tengo miedo.
A veces, tengo miedo. Desde pequeña. Pero entonces no lo sabía.
Hace diez años, cuando una muerte inesperada e injusta -como casi todas-, irrumpió en mi nube y me lanzó sin paracaidas al desconocido mundo real, pasé de ser una cuerda inconsciente a una loca consciente. Y fue entonces cuando empecé a conocerle.
Se viste de muchas formas, a veces en forma de inseguridad, a veces en forma de obsesión. Algunas ocasiones me lo encuentro avisándome de que puedo perder el control, y otras, se pone el traje de aprensión. Hay días que llama a la puerta, y yo, en la soledad de mi piso, se la abro para “entretener” a mi mente. Otras veces me acuerdo de poner el candado y consigo que, aburrido de esperar en la escalera, se vuelva por el mismo camino que vino.
Consigo apartarlo, alejarlo, dominarlo. Consigo incluso soportar su carga cuando se me cuelga en la espalda como un anexo de mi cuerpo, como una joroba prematura. Y consigo saber el motivo de su visita. Hasta consigo que desista en su intento de citarse conmigo a temporadas. Pero siempre vuelve. Y a veces pienso que, si lo hace, es porque en el fondo no soy rotunda con él. Y él, esperando mi momento de debilidad, siempre retorna, tenaz, insistente, persuasivo, a buscarme.
Y yo, que ya conozco casi todos sus trucos para colarse en mi vida, casi todos sus disfraces, me sigo asustando. A pesar de saber que es incómodo, pero inofensivo. A pesar de reunir la valentía para enfrentarme a él. A pesar de saber que puedo ganarle. A pesar de hacerlo, una y otra vez.
Y es que... ¿Cómo acobardas al miedo, para que no regrese?
Hace diez años, cuando una muerte inesperada e injusta -como casi todas-, irrumpió en mi nube y me lanzó sin paracaidas al desconocido mundo real, pasé de ser una cuerda inconsciente a una loca consciente. Y fue entonces cuando empecé a conocerle.
Se viste de muchas formas, a veces en forma de inseguridad, a veces en forma de obsesión. Algunas ocasiones me lo encuentro avisándome de que puedo perder el control, y otras, se pone el traje de aprensión. Hay días que llama a la puerta, y yo, en la soledad de mi piso, se la abro para “entretener” a mi mente. Otras veces me acuerdo de poner el candado y consigo que, aburrido de esperar en la escalera, se vuelva por el mismo camino que vino.
Consigo apartarlo, alejarlo, dominarlo. Consigo incluso soportar su carga cuando se me cuelga en la espalda como un anexo de mi cuerpo, como una joroba prematura. Y consigo saber el motivo de su visita. Hasta consigo que desista en su intento de citarse conmigo a temporadas. Pero siempre vuelve. Y a veces pienso que, si lo hace, es porque en el fondo no soy rotunda con él. Y él, esperando mi momento de debilidad, siempre retorna, tenaz, insistente, persuasivo, a buscarme.
Y yo, que ya conozco casi todos sus trucos para colarse en mi vida, casi todos sus disfraces, me sigo asustando. A pesar de saber que es incómodo, pero inofensivo. A pesar de reunir la valentía para enfrentarme a él. A pesar de saber que puedo ganarle. A pesar de hacerlo, una y otra vez.
Y es que... ¿Cómo acobardas al miedo, para que no regrese?
lunes, 12 de noviembre de 2007
Equilibrio
Siempre pensé que carecía de equilibrio. Que era una persona extremista, alguien polar, que no sabía vivir con el término medio, con la línea recta en vez de los picos y los descensos, que entendía que la mezcla entre el blanco y el negro es siempre gris (en la acepción metafórica de ese color). Y me gustaba ser (sentirme) así.
Porque identificaba al equilibrio como un estado asensorial, carente de emociones, un “pasar de puntillas”, que derivaba en una no implicación, en carencia de opinión, en una moderación que injustamente entendía como falta de impulso.
Hace ya un tiempo que entiendo al equilibrio de otra manera. Como sinónimo de paz, de templanza, de armonía.
Hoy he buscado su definición, y me he encontrado con una sorpresa:
“Situación específica en la que existen diferentes factores o procesos, cada uno de los cuales son capaces de producir cambios por sí mismo, pero que puestos en conjunto no producen cambios en el estado del sistema a lo largo del tiempo.”
Hace ya tiempo que no huyo del equilibrio, sino que lo busco.
Y hace ya tiempo que no pienso que carezco de él, sino que lo rozo.
Estoy convencida de que en mi caso ha sido necesario vivir experiencias radicalmente opuestas y relacionarme con personas con puntos de vista tajantemente contrarios para llegar a saber cuál es mi sitio. Necesité creer estar convencida de ideas, creer que quería lo que no tenía, creer que lo que me enseñaron era erróneo y creer que lo que aprendí sola también lo era.
Necesité el mal humor para entender la alegría, y las risas para entender el llanto. Necesité la falta de respeto para entender la educación, y la educación para entender la convivencia. Necesité la convivencia para entender la soledad y la soledad para entender la compañía. Necesité la religión para entender el agonosticismo, y el agnosticismo para entender la Fe (genérica) Necesité la plena rebeldía para entender la importancia de ciertas normas. Y necesité las normas, para saber cuáles quería saltarme y cuáles no. Necesité separarme para querer unirme, y necesité conocer para saber a quién...
Necesité odiar los convencionalismos y la tradición cuando me enteré de que había otras alternativas. Hoy apoyo y disfruto algunos de ellos, pero no por costumbre sino por convencimiento.
Necesité acertar o equivocarme, para después recuperar, como mío, y sin imposición, parte del origen aprendido.
Necesité estar atada para querer soltarme, y necesité la libertad para querer ligarme.
Necesité romper para valorar, cuestionar para saber.
Necesité la ansiedad para entender la calma, y la calma para entender al equilibrio...
Definitivamente, equilibrio no implica invariabilidad, o estaticidad, creo que mi vida sigue estando sujeta a muchos posibles cambios, tal y como la definición afirma, (siempre seré partidaria de la evolución), pero creo también que algo dentro de mí está ya formado y es invariable.
Seguiré defendiendo firmemente en lo que creo, pero siendo consciente de que hoy puedo estar equivocada (y siempre dispuesta a que alguien consiga, a base de inteligencia, hacerme cambiar de opinión).
Seguiré sintiendo, en algunas ocasiones un frío glaciar, y en otras, un calor abrasador. Y al mismo tiempo que disfrute –o odie- estas sensaciones, sabré buscar, según convenga, una manta o un vaso de agua fría.
Seguiré vistiéndome a veces de negro luto o de blanco puro, pero sabré combinar ambos colores, y sobretodo, sabré mezclarlos.
No renunciaré jamás a vibrar (y no puedo aunque quisiera) renunciar a sufrir.
Pero serán momentos, instantes extremos.
Y con equilibrio, sigo cambiando... Entendiendo, aprendiendo, buscando, recuperando... Y sobretodo, sabiendo qué quiero de mi vida, que está, curiosamente, en el medio de lo que me enseñaron y de lo que aprendí por el camino.
Mi madre siempre me ha dicho que busco el camino más difícil para llegar a la meta. Hay quien no ha necesitado nunca extremos. Yo, gracias a ellos (y a veces por desgracia), sé cuál es mi meta a grandes rasgos. Y ahora sí, me siento capaz de ir hacia ella sin desviarme...
Porque identificaba al equilibrio como un estado asensorial, carente de emociones, un “pasar de puntillas”, que derivaba en una no implicación, en carencia de opinión, en una moderación que injustamente entendía como falta de impulso.
Hace ya un tiempo que entiendo al equilibrio de otra manera. Como sinónimo de paz, de templanza, de armonía.
Hoy he buscado su definición, y me he encontrado con una sorpresa:
“Situación específica en la que existen diferentes factores o procesos, cada uno de los cuales son capaces de producir cambios por sí mismo, pero que puestos en conjunto no producen cambios en el estado del sistema a lo largo del tiempo.”
Hace ya tiempo que no huyo del equilibrio, sino que lo busco.
Y hace ya tiempo que no pienso que carezco de él, sino que lo rozo.
Estoy convencida de que en mi caso ha sido necesario vivir experiencias radicalmente opuestas y relacionarme con personas con puntos de vista tajantemente contrarios para llegar a saber cuál es mi sitio. Necesité creer estar convencida de ideas, creer que quería lo que no tenía, creer que lo que me enseñaron era erróneo y creer que lo que aprendí sola también lo era.
Necesité el mal humor para entender la alegría, y las risas para entender el llanto. Necesité la falta de respeto para entender la educación, y la educación para entender la convivencia. Necesité la convivencia para entender la soledad y la soledad para entender la compañía. Necesité la religión para entender el agonosticismo, y el agnosticismo para entender la Fe (genérica) Necesité la plena rebeldía para entender la importancia de ciertas normas. Y necesité las normas, para saber cuáles quería saltarme y cuáles no. Necesité separarme para querer unirme, y necesité conocer para saber a quién...
Necesité odiar los convencionalismos y la tradición cuando me enteré de que había otras alternativas. Hoy apoyo y disfruto algunos de ellos, pero no por costumbre sino por convencimiento.
Necesité acertar o equivocarme, para después recuperar, como mío, y sin imposición, parte del origen aprendido.
Necesité estar atada para querer soltarme, y necesité la libertad para querer ligarme.
Necesité romper para valorar, cuestionar para saber.
Necesité la ansiedad para entender la calma, y la calma para entender al equilibrio...
Definitivamente, equilibrio no implica invariabilidad, o estaticidad, creo que mi vida sigue estando sujeta a muchos posibles cambios, tal y como la definición afirma, (siempre seré partidaria de la evolución), pero creo también que algo dentro de mí está ya formado y es invariable.
Seguiré defendiendo firmemente en lo que creo, pero siendo consciente de que hoy puedo estar equivocada (y siempre dispuesta a que alguien consiga, a base de inteligencia, hacerme cambiar de opinión).
Seguiré sintiendo, en algunas ocasiones un frío glaciar, y en otras, un calor abrasador. Y al mismo tiempo que disfrute –o odie- estas sensaciones, sabré buscar, según convenga, una manta o un vaso de agua fría.
Seguiré vistiéndome a veces de negro luto o de blanco puro, pero sabré combinar ambos colores, y sobretodo, sabré mezclarlos.
No renunciaré jamás a vibrar (y no puedo aunque quisiera) renunciar a sufrir.
Pero serán momentos, instantes extremos.
Y con equilibrio, sigo cambiando... Entendiendo, aprendiendo, buscando, recuperando... Y sobretodo, sabiendo qué quiero de mi vida, que está, curiosamente, en el medio de lo que me enseñaron y de lo que aprendí por el camino.
Mi madre siempre me ha dicho que busco el camino más difícil para llegar a la meta. Hay quien no ha necesitado nunca extremos. Yo, gracias a ellos (y a veces por desgracia), sé cuál es mi meta a grandes rasgos. Y ahora sí, me siento capaz de ir hacia ella sin desviarme...
miércoles, 7 de noviembre de 2007
"Libertad sin culpa"
Dejo aquí el link de un artículo que me ha llamado la atención, por su definción (tan acertada bajo mi punto de vista), sobre la libertad, sobre lo que para mí significa al menos... Una libertad que no aleja, sino que une...
http://www.dsalud.com/crecimiento_numero45.htm
http://www.dsalud.com/crecimiento_numero45.htm
sábado, 6 de octubre de 2007
"Apariencias"
Hace unos años escuché hablar por primera (y única) vez, sobre la poesía visual.
Me atrajo mucho esa nueva forma de arte de la que desconocía su existencia, y la entendí como un auténtico reto: Transmitir, sin gestos y sin palabras. Tan sólo con una imagen.
Hoy, revolviendo entre los archivos de uno de esos Cd's perdidos en el tiempo, me he encontrado con "Apariencias", la única "obra" que quedó plamada en una fotografía, a pesar de que, durante un tiempo, anoté varias ideas en una hoja, que debe andar perdida entre otras tantas...
Y hoy, mirando esta imagen, me he preguntado si se la puede considerar poesía visual.
Para intentar conseguir una respuesta, he empezado a rebuscar por internet, y mi sorpresa ha sido encontrarme con que, la gran mayoría de autores, no osan definir este concepto.
No obstante, he encontrado alguna definición:
"Poesía Visual es la semejanza que existe entre una frase y la imágen que la expresa con un efecto poético o músical"
"El poeta ha de trasladar todo lo que ha leido y pensado a una imágen única sintetizada al máximo con un mínimo de recursos".
"La poesia visual no es dibujo, ni pintura, es un servicio a la comunicación".
Sigo dudando. ¿Es este Cd encima de una cartulina negra poesía visual, o una simple metáfora de algo que ronda por mi cabeza? ¿O es acaso lo mismo?
Sea como sea... Aquí queda, para trasladaros algo de lo que pienso, si podéis entenderlo...
martes, 25 de septiembre de 2007
Percepción. Tiempo. Certeza.
Ayer abrió la caja de su primer novio. Esa caja en la que le regaló un reloj de pared con forma de corazón incompleto –aviso desatendido-, que todavía cuelga, sin pilas, encima de su cama.
Esa caja que desde hace años sólo sirve para encerrar todo lo que entonces pudo unirles. Esa que no abría desde que ajustó cuidadosamente la tapa para encerrar, convencida, casi tres años de su vida.
Ojea. Remueve. Revuelve. Lee. Se asombra. Sonríe. Se ve. Se enternece. Rescata. Se sonroja. No se reconoce. Se avergüenza. Retrocede. Avanza. Se reafirma. Duda.
No recordaba haberla llenado tanto.
Se queda pensativa durante unos minutos...
“Parece que con él fui feliz.
Quizás sí fui feliz... Pero se me ha olvidado”.
De repente, su memoria la rescata con una frase de Gabriel García Márquez: “La vida no es como la vivimos, sino como la recordamos, para contarla”.
Esa caja que desde hace años sólo sirve para encerrar todo lo que entonces pudo unirles. Esa que no abría desde que ajustó cuidadosamente la tapa para encerrar, convencida, casi tres años de su vida.
Ojea. Remueve. Revuelve. Lee. Se asombra. Sonríe. Se ve. Se enternece. Rescata. Se sonroja. No se reconoce. Se avergüenza. Retrocede. Avanza. Se reafirma. Duda.
No recordaba haberla llenado tanto.
Se queda pensativa durante unos minutos...
“Parece que con él fui feliz.
Quizás sí fui feliz... Pero se me ha olvidado”.
De repente, su memoria la rescata con una frase de Gabriel García Márquez: “La vida no es como la vivimos, sino como la recordamos, para contarla”.
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