lunes, 14 de enero de 2008

Sin respuesta (única)

A veces me cuesta distinguir si la persona que tengo en frente es alguien fuerte que se hunde a momentos o, por el contrario, alguien débil que lleva casi siempre a mano una máscara de fortaleza.

Sobretodo al mirar cara a cara al espejo.

Y a veces, sin hallar respuesta, pienso que, sin serlo, da lo mismo.

miércoles, 9 de enero de 2008

Cinco citas

Que Dios me conceda la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo y la sabiduría para distinguirlas.
Reinhold Niebuhr


El mundo exterior podrá hacerte sufrir, pero sólo tú podrás avinagrarte a ti mismo.
Georges Bernanos


Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades.
Dumbledore a Harry Potter


Quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación.
Proverbio árabe.


Pasé la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás ocurrieron.
W.S. Churchill

domingo, 6 de enero de 2008

La felicidad de la inocencia

Vuelvo a recuperar una historia que escribí hace ya tiempo... Conservo el título que le puse entonces.


LA FELICIDAD DE LA INOCENCIA

Su vida transcurría en una sucesión continua de sonrisas melladas y chispeantes. Sus ojos, abiertos como si cada segundo le dieran una sorpresa. Su metro veinte correteaba por el pasillo de casa cada día, con los brazos en forma de cruz, imitando al avión de playmóbil. Provocaba accidentes de coches sin parar, choques sin víctimas, sin un solo rasguño. Y contaba historias de lo que sería su vida a la edad de su padre. Tendría una casa de tres pisos, cuatro perros, la mujer más guapa y ocho hijos. Y sería bombero, y apagaría todos los fuegos de Barcelona, y salvaría a todo el mundo, y le darían mil medallas. Y también sería futbolista, y marcaría diez goles en cada partido, y se haría amigo de Ronaldinho.
Cantaba en primavera, chapoteaba en verano, perseguía a las hojas caídas en otoño y esperaba impaciente el invierno, porque en diciembre llegaba la Navidad.
Los Reyes Magos saldrían de Oriente montados en camello y cansados llegarían hasta el comedor de su casa. Y un año más se comerían el pedacito de pan con queso, y se beberían la copa de vino, y al ver sus zapatos del número treinta y dos le dejarían el saco lleno de todos los regalos que pidió en la carta.
Aquel cinco de enero se despertó a media noche, los nervios se habían instalado en su barriga y quería echarlos al vater para que fueran a parar bien lejos, hasta el mar.
Así que se levantó de la cama, abrió la puerta de su habitación y empezó a caminar de puntillas hacia el lavabo. Sabía que si Melchor, Gaspar o Baltasar le oían, pasarían de largo hasta la casa del vecino. Una vez en el pasillo escuchó la voz de un hombre. Estaba a la altura del despacho de su padre, así que entró y se escondió debajo de la mesa, inmóvil. Al día siguiente le contaría a papá que unos de los Reyes tenía la voz muy parecida a él. De repente escuchó hablar a alguien más, esta vez era una mujer, era la voz de mamá.
Qué susto, pensaba que los Reyes le iban a pillar despierto y sólo eran sus padres que aún no se habían acostado. Volvió a salir al pasillo, esta vez gateando, dirección al comedor para darles un susto. De repente se paró en seco. Los ojos como platos llenos de sopa al ver a sus padres colocar el avión, los colores, el monopatín, las películas de Disney y el escalextric al lado de sus botines, debajo del árbol de bolas y luces de colores, y comerse el queso, y beberse el vino, y llevarse el pan hacia la cocina.
Volvió a su habitación, cerró la puerta y se quedó sentado en el suelo apoyado en ella durante unos minutos. Ya no necesitaba ir al lavabo.
Se acostó. Y se durmió. Y soñó que todo había sido un sueño.
Pero ya no se despertó a las ocho de la mañana ni fue gritando hasta la habitación de sus padres para que le acompañaran a abrir los regalos, si es que los tenía, si es que se había portado bien. A las doce sus padres fueron a buscarle a la cama, un poco preocupados por su tardanza. Y se encontraron a un niño de mirada opaca, cuya sonrisa miraba al suelo en vez de querer rozar las nubes, que hablaba en voz baja y no quería darles un beso.

martes, 1 de enero de 2008

BIENVENIDO, 2008!!

Siempre me ha gustado el 8. De entre todos, me quedo con él.

Quizás porque me gusta su forma (curva, nada recta...) y simétrica, como la unión de dos iguales. Porque es un número par, totalmente compensado. O porque es un notable alto, sin llegar a la perfección del excelente (y es que a mí la perfección suele aburrirme).

O quizás porque me ha acompañado en bastantes ocasiones importantes de mi vida. Desde que nací.

Además, dicen que es el número de la justicia, de la equidad, del equilibrio, el símbolo chino de la buena suerte. El número de la abundancia, de la oportunidad y de las buenas perspectivas... El infinito vertical...
Pero yo eso no lo sabía cuando me empezó a gustar.

Quizás por eso me transmita tan buenas vibraciones este año... Porque es el 2008.
O simplemente porque cada uno conoce su ciclo, y yo creo que ya es hora de que mi rueda dé la vuelta...

Sea como sea, he decidido empezar el año visitando al mar. Así que mi Saxo y yo nos hemos dirigido rumbo a la Barceloneta y, previo pago de su guardería al aire libre - ni los festivos se puede aparcar gratis ya en la calle!!- me he puesto a pasear por la playa bajo un sol espectacular. Y me he tumbado sin toalla, necesitaba el contacto con la arena, y he cerrado los ojos para escuchar mejor las olas. Y he seguido paseando, y he visitado unos puestos hippies, y he vuelto a pasear. Y me he sentido feliz, completa. Con mi gorra blanca de punto y mis gafas de sol enormes... Parecía que me escondiera de algo... Todo lo contrario. Me hubiera puesto a gritar, a correr... Pero me he limitado a respirar hondo, y a sonreirme.
Me he sentido libre, con mil opciones por delante, atada sólo a mí misma, a una chica que últimamente se parece más a mí, y con la que me siento tremendamente a gusto.

Esta mañana hubiera podido ser diferente, pero no mejor. Y es que en mi caso no se trata de lo que hago, sino de cómo me siento. Eso lo aprendí ya hace tiempo. Y sí, me siento bien, ya desde hace un par de meses, me siento BIEN. Por nada, y por todo. Porque he aprendido a apartar pensamientos a tanta velocidad que consigo –a veces- evitar que se desarrollen. Porque –a veces- no quiero pensar tanto.

Y es que el año pasado, a pesar de lo que hice, a pesar de los momentos, de los viajes... El día a día no me cuidó demasiado, a pesar también de las mil sonrisas. Pero es que siempre me ha resultado fácil sonreír...

Esta mañana de uno de enero ha sido una muestra de lo que puede ser...

Sentir, sentir en positivo. Amar a la vida, tomar conciencia del paso del tiempo y creer que jugará a tu favor, sentirte fuerte, sentir que puedes... Sentir el sol, la brisa, el agua, el placer de la soledad... Sentir que quizás, sólo quizás, puedo influir en mi estado de ánimo, controlarlo –un poquito siquiera-, y no sentirme a merced de la luna, de las mareas, de la ansiedad, de elementos externos a mí... Creer que yo también puedo decidir –un poquito, insisto- en cómo me siento. Con creerlo me basta. Dicen también que la Fe mueve montañas.

FELIZ 2008!!

lunes, 31 de diciembre de 2007

Adiós, 2007

Empiezo la última mañana del año acorde a lo que ha sido... Me levanto, y no puedo desayunar, no tengo pan para hacerme una tostada... Cojo el coche para ir a trabajar y en un semáforo tengo un toque (flojo) con un taxista. Sigo conduciendo, y no encuentro aparcamiento. Después de veinte minutos dando vueltas, y tras llamar a mis compañeros para avisar de que llegaré tarde (sin que me cojan el teléfono), consigo encontrar un hueco. Bajo del coche, pretendo ir a desayunar, pero todos los bares de la zona estan cerrados por puente. Al final, encuentro una cafetería. Entro en la oficina y nada más sentarme suena Angie de los Rollings...
Aguanto un comentario fuera de lugar y me muerdo - un poco- la lengua.

Pero ya está. Por fin pasó. 2007. Hasta nunca.
Fin de año. Momento de reflexión, de valoración, de propósitos, de echar la vista atrás pero de coger impulso hacia delante, de cierto descanso, de buscar un motivo para cada uva, y de comer una uva por cada mes. Y único momento del año, a las doce en punto, en el que puedo saber lo que está haciendo (casi) cada persona que quiero. Justamente lo mismo que yo.
Y es que aunque lo del fin del año sea también una invención humana, psicológicamente sí sirve –al menos a mí me sirve- para marcar ciertos ciclos, paralelos a los personales.

Lo supe desde el principio. Éste iba a ser un año de transición, sin grandes acontecimientos, especial en sí mismo por ninguna causa, y de (dura) evolución. Y así ha sido.

Año más tenso que intenso, e intenso en formas diversas, más mentales que físicas.
Año de fin de procesos, de acabar de depurar, de terminar de expulsar, de cambio de piel.
Año de conclusiones más que de soluciones, de búsqueda agotadamente incansable, de encuentro con varios de mis “yos”, y de unión de todos en uno mismo.
Año de caminos no convergentes, de compases no coincidentes.
Año de espera, y de merecido diploma en paciencia. De medios más que de fines. De licenciatura en mí, y de primer ciclo superado en otros. De poca sal, y poco azúcar, y alguna especia para darle sabor.
Año de lucha, de purga de errores, de reaprendizaje, de pies en el suelo, de supervivencia. Y de ausencia.

Así lo siento, ahora que ya se va. Porque siempre me queda una sensación predominante de cada época, independiente de los acontecimientos. Más subjetiva que objetiva. Un recuerdo abstracto, general, no sé si tramposo o certero, por encima de lo que ha sido cotidiano, que anula en una ráfaga de percepción a los recuerdos particulares, cediéndoles luego su sitio de nuevo.

Pero también quiero enumerar todos esos acontecimientos (quizás no “grandes” pero sí importantes), todos esos momentos especiales, que los ha habido, por supuesto, y todos los planes divertidos, entretenidos, emotivos y reconfortantes que han formado parte de mi (blanda) evolución.

Madrid. Y ese brindis de cava –y de lágrimas- por el primer embarazo de las niñas de la Facultad. Y el rastro, y los huevos estrellados, y quedar en Sol, y los bocatas del Rodilla, y El Retiro... Y mis escapadas del resto... Madrid, que el pasado mes de febrero me gustó más que nunca.
Magia.

Semana Santa en Budapest -La estancia en Buda y las visitas continuas a Pest-. Las terrazas con mantitas y las fondues de chocolate con frutas. Las compras en el mercado. Los tranvías y su entrañable pitido al cerrar puertas, una comida de lujo en Gellert, las cajas secretas, la concentración de moteros... Y las cosas que nos perdimos por querer vivir la ciudad a nuestra manera. Y las cosas que ganamos por ello.
Tranquilidad.

Santiago de Compostela. Una despedida de soltera a ritmo de muñeira cachonda, con una novia entregada y un público más observador que participativo. Nostalgia de mi llegada al Obradoiro tras hacer parte de El Camino. Y la visita al Fin de la Tierra, para quemar un tanga en la hoguera, como símbolo de nueva etapa, de nueva vida. Una feria, y un pulpo, y sentirme viva, y feliz, y cantar por la calle todas las canciones de nuestra infancia, con un globo de cebra rosa como mascota.
Alegría.

Calatayud. Recuerdos de mi infancia por aquellas calles, y alojamiento hogareño en el Mesón de la Dolores. Visita –curativa del alma- al Monasterio de Piedra, inyección necesaria de aire puro y envoltura en agua, mi elemento indiscutible.

Mallorca. Cinco días nublados de junio, una amiga, un coche alquilado, y una isla a nuestra disposición. Los desayunos interminables, la sensación, a ratos, de estar en otro país, los chupitos gratis en el Puerto, el barco hasta Ca Salobra, los ratos en las playas rogando por un rayo de sol, las ensaimadas, las risas. Vacaciones (en su máxima expresión)

Aldeanueva. Cómo no. Como siempre. Diez de los mejores días de este año, sin duda. Armonía. Equilibrio. Aceptación del paso de tiempo. Varios pasos adelante. Ilusión. Paz.
FELICIDAD. Sí, en mayúsculas.

Bruselas/Brujas. Con mis padres. Cuánto tiempo sin planear –ni compartir- un viaje de más de dos días con ellos. Sentirme niña de nuevo, cuidada, guiada, sin grandes responsabilidades. Chocolate, chocolate, chocolate. Recuerdos. Asociaciones. Empezar a espantar miedos. Asombro. Los menús con tres tristes gambas de primero, una petición en la Catedral, vivir durante un día en otra época, en Brujas. El inicio del fin del 2007.
Superación.

Zaragoza. Buena compañía, dejarme cuidar un poco, pincho de champiñones, “La habitación de Fermat”, cola interminable en la estación de trenes, risas, visita obligada a la Virgen del Pilar, una buena manera de pasar dos días de resfriado, sin mucho Cierzo.
Comodidad.

Y todo lo que no se resume en viajes, sino en días, o en momentos. Como las dos bodas, mi lectura sobre el amor en una, en la otra mi emoción sobresaltada sin descanso, y ese verso... Y el karaoke cantando “Resistiré” con una funcionaria de prisiones vestida de presa. Y el regalo de “Eres buena gente” en persona y un reposacabezas rojo que podía ser cualquier cosa. Y una postal en la nevera dándome las gracias y haciendo que me viera desde otros ojos, de una forma que me encantó. Y una mañana de la más literal risoterapia con un profesor de lujo, y otra postal sin letras, y el nacimiento de Adriana, y la despedida de una de las nuestras que decide irse a la India un año, y dos nuevos embarazos. Y las comidas, las cenas, los cafés, los bailes, el trabajo fijo (otra vez) y el nacimiento de este blog, y volver a dejar de fumar, y empezar a hacerme adicta a la piscina y al Body Balance.
Y personas que han llegado y sé que permanecerán, y esas otras que sólo hicieron una aparición estelar (por algún motivo, con alguna función, siempre), y las que siguen estando... Y una que se fue para siempre, sin opción a despedida.
Y mi primer paseo en bici por Barcelona, a ritmo de guitarra y de cajón flamenco, a ritmo de cosas nuevas mezcladas con las de siempre. Al ritmo que más me gusta.

Y todo lo que podría haber hecho, pero no hice. Siempre el dichoso condicional. Y tantas el veces el “pero no” detrás.
Y al final, pienso que lo que no hago es porque no quiero, y que, entonces, “nada”, al respecto, es justamente lo que en el fondo deseo hacer.
Pero parece que me cuesta asumir que no siempre tengo ganas. O valor. Más ganas que valor, supongo, ya que siempre he sido partidaria del “si se quiere se puede”.

2007... Algunas creencias dicen que los ciclos se componen de 9 años, y que el 2007 (2+0+0+7= 9) es el último de un período , que dará lugar al 2008, año primero de una nueva etapa.

Así lo percibo, y así me despido.

Realmente, haciendo repaso, no puedo decir que el 2007 haya sido un año malo... Pero espero, el próximo 31 de diciembre, estar gritando que el 2008 fue genial.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Cosas que hacen que la vida valga la pena


Lo de menos es la película. No acabé de verla.
Algo que valió mucho más la pena me robó el final. Quizás por eso no haya vuelto a interesarme por cómo acaba. Porque es lo de menos.
Pero hoy, veintiséis de diciembre, me quedo con esta portada.
Con la reflexión de un título (y con la coincidencia, entonces, de título y acontecimiento). Con el dibujo, simple, pero dulcemente directo. Y, por supuesto, con una de las canciones de su banda sonora, de Pasión Vega. Sobretodo con el estribillo, que ha sido para mí un grito de guerra en algunos momentos:
"Cuando los días apuñalan el calendario,
cuando el monte del calvario se hace un hueco en tu jardín,
abre las puertas de par en par y que corra el aire,
no es verdad que se ha hecho tarde, ahora toca ser feliz"
Hoy me quedo pensando en las cosas que hacen que mi vida valga la pena.
Y me doy cuenta de que vale la pena parar a pensarlas, detenidamente, de vez en cuando.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Nostalgia Pre-Navideña

Fueron tres años...

Recuerdo los ensayos, las partituras desordenadas, las letras de los villancicos a medias. Tres gorros rojos de Papá Noel, y uno amarillo. Y un sombrero negro que se coló como suplente, y otro con trenzas incorporadas.

Recuerdo a los ancianos esforzándose por palmear al ritmo de una guitarra, y un “esa morena!” que me acabó de robar el corazón.
Recuerdo a una señora que refunfuñaba molesta porque no nos sabíamos las reliquias musicales de su pueblo. Y las peticiones que no llegaban por carencia de memoria.

Recuerdo dos amores. Dos parejas. Cuatro amigos.
Dos guitarras, y un afinador rebelde.
Recuerdo una voz, su voz, marcando ritmo, afinando en cada nota. Y me recuerdo uniéndome a su tono sin quererlo. A dos voces, imposible.

Recuerdo mi afonía al final de la tarde, y el sudor en diciembre tras la puesta en escena.
Recuerdo unas tazas de Navidad con pétalos dentro, unas cestas con golosinas, unos guantes negros cortados, unos calendarios de madera...
Recuerdo mezclar la letra de un villancico con la melodía de otro, las repeticiones de canciones, los aplausos, las sonrisas añejas... Y los caramelos, y los bombones, y las cuidadoras haciendo fotografías, y mi abuelo emocionado, y mi abuela tocando la pandereta.
Y mi otra abuela, la que ya no está, la que se fue antes de que no volviéramos a cantarle a la residencia en Nochebuena.

Recuerdo la unión. Las ganas. La ilusión. Los cruces de miradas. La complicidad. Las risas. La conexión. La voluntad. La Fe. La magia. La intención. La alegría.

Recuerdo sentir. Vibrar. Vivir.

Recuerdo la conjunción de cuatro almas desiguales que formaban una figura de lados exactos.
Cuatro voces que se acoplaban perfectamente - desentonadas-, para crear más ambiente que música.

Recuerdo. Y a veces el recuerdo duele, aunque recuerdes esbozando una sonrisa...